Una puerta santa contra la globalización de la indiferencia

 

Por Rodrigo Ayude, Roma ||


El pasado 18 de diciembre, el papa Francisco abrió la puerta santa de la caridad en un albergue para pobres gestionado por Cáritas, en Roma. Es una casa para los “descartados” de la sociedad, como señalaba Francisco en la ceremonia.

Con este simbólico gesto, vuelve al primer plano la economía de la exlusión y la iniquidad que el papa ha denunciado en numerosas ocasiones. La sociedad que pone el dinero al centro de su existencia —hasta la idolatría— pone las bases de “la dictadura de una economía sin rostro”, es decir, de una situación donde el dinero gobierna a las personas, a cualquier precio, en lugar de servirlas. Esa ambición por ganar cada vez más –el papa se refiere en Evangelii Gaudium, por ejemplo, a especulación financiera y la desmesurada ambición de los mercados– es una realidad que genera explotación y represión, que trata al hombre como un mero bien de consumo, un objeto de producción de riqueza, de usar y tirar. “Tenemos que decir «no» a una economía de la exclusión y la inequidad», explica el papa en la exhortación apostólica. «Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión”, añade.



Las situaciones que generan exclusión, mantenidas en el tiempo, terminan por inculturarse en una sociedad, generando lo que Francisco define como “cultura del descarte”. “Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son explotados sino desechos, sobrantes”, explica en Evangelii Gaudium.

La cultura del descarte ha generado, a su vez, la “globalización de la indiferencia”. El papa la concibe como la contratuerca del sistema, la filosofía que garantiza la continuidad de una economía poco humana. Como cualquier enfermedad, presenta su propia sintomatología: la incapacidad de compadecerse, la anestesia para percibir las necesidades del otro y la elusión de responsabilidades en el campo de la mejora social, “como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”.

El 18 de diciembre, mientras se abría la puerta santa de la caridad, Franscisco recordaba que “no son los honores, ni el lujo, ni las grandes riquezas quienes abren la puerta del cielo, sino la humildad. Y los más pobres, los enfermos, los encarcelados –Jesús dice aún más- los pecadores, si se arrepienten, nos precederán en el Cielo, ellos tienen la llave”.