Comunicar la sinfonía de la verdad: discurso público, identidad y valores cristianos en el siglo XXI

 Los cambios culturales y legislativos producidos durante los últimos años en muchos países de occidente constituyen el contexto de comunicación en el que deben desenvolverse las instituciones de identidad cristiana que quieran desarrollar y compartir sus valores en el escenario público postsecular. Ofrecer la ‘sinfonía de la verdad’ y expresarla mediante acciones y discurso es el camino para establecer relaciones positivas y contribuir con los propios valores a la construcción de la sociedad de todos.

Por Juan Pablo Cannata, Comunicar la sinfonía de la verdad: discurso público, identidad y valores cristianos en el siglo XXI, Actas de Redecom II (Pamplona), editado por Universidad de La Sabana (Bogotá), 2015, pp. 27-38.

“La verdad es como una piedra preciosa, que seduce a quien se la coloca

en la mano pero hiere a quien se la arrojamos en la cara” 

(Card. Jorge Bergoglio, citado en El Gran Reformador, Capítulo 6, de Austen Ivereigh)


Las palabras son cada vez más importantes. Frank Luntz cuenta que en plena campaña por la presidencia de Estados Unidos acusaron a Barak Obama de ser “el candidato de las palabras”. La respuesta del entonces senador demócrata resultó contundente: “Dicen que las palabras no importan. ‘Yo tuve un sueño’, ¿son solo palabras?”. Las palabras cambian la historia, fundan países, movilizan multitudes, unen personas en matrimonio, declaran culpable o inocente, expulsan o incluyen, expresan lo que se lleva en el corazón. Andrew Mitchell, miembro del Parlamento Británico, perdió su puesto político por llamar “plebeyo” a un guardia de seguridad. El papa Francisco generó un revuelo internacional por decir que la masacre de los armenios fue “el primer genocidio del siglo XX”. Un discurso sobre “porqué las mujeres son pobres en ciencias” precipitó la renuncia de Larry Summers, presidente de la Universidad de Harvard: por supuesto, una mujer lo sucedió en el cargo. Vivimos en un mundo de palabras. Si esto es importante para cualquier ámbito de la existencia, lo es particularmente en los debates públicos sobre valores. Corren tiempos de cambio y, con Frédéric Martel, se puede decir que “la globalización no es solo económica, también es una globalización de valores”: valores que nos afectan a todos y están en boca de todos, que atraviesan las culturas y los límites geográficos, que inundan las páginas de los diarios, los parlamentos, las salas judiciales y los cafés.

1) Nuevo contexto legal y comunicativo

En este sentido, una de las notas características de los últimos años es la consolidación de un nuevo contexto cultural y jurídico, en el que ciertos valores considerados por muchas personas y organizaciones como fundamentales, son ahora cuestionados por sectores amplios de la sociedad. En numerosos países se está viviendo un proceso complejo de cambios sociales, que en muchos casos se certifica con leyes que afectan al núcleo de la identidad de personas y grupos, particularmente de centros educativos y asistenciales –como hospitales, comedores, postas sanitarias–. Este nuevo escenario plantea interrogantes y desafíos sobre la sociedad plural y su capacidad para albergar serenamente diferentes concepciones sobre el bien. La novedad podría resumirse en una pregunta: ¿cómo contribuir al bien común cuando se pone en duda –o directamente se niega– que las propias propuestas sean un bien social?

Este nuevo contexto legal surge en paralelo con un nuevo entorno comunicativo que produce consecuencias notables en los debates públicos sobre valores: en poco tiempo se han multiplicado los enunciadores, los enunciados, las situaciones sociales de enunciación y la posibilidad de registro de los enunciados, debido a la proliferación de las redes sociales y a la generalización de los smartphones. Hoy es mucho más fácil insertar un discurso en el escenario público porque no hay que atravesar el filtro de un editor de periódico o de un productor de televisión. Cualquier persona puede registrar una situación antes privada o semipública e introducirla en un contexto de consumo mundial. Lo que sucede en un aula o una conversación en un ómnibus puede convertirse en trending topic nacional en tres horas y verse en los noticieros esa misma noche. La potencialidad del mundo digital ha vuelto más democrática la enunciación pero, a su vez, ha disminuido los espacios de intimidad y privacidad.

2) Ante la espiral del silencio, la sinfonía de la verdad

El cambio de ambiente es una realidad con consecuencias objetivas. Las personas tenemos tendencia a adoptar las opiniones que imaginamos mayoritarias y, en cambio, nos cuesta expresar nuestra postura cuando percibimos que la mayoría de los que nos rodean piensa lo contrario, lo que desemboca en una espiral del silencio. La sensación de unanimidad posee una objetividad contundente: quien se enfrente a una corriente de opinión en expansión sufrirá una presión hostil. Si una hinchada de fútbol o un dirigente critica públicamente a un jugador rival por ser de origen afroamericano, todos los políticos y líderes de opinión se sentirán urgidos a pronunciar juicios públicos negativos sobre los discriminadores y, si correspondiera, a promover sanciones, como sucedió con Donald Sterling, dueño de la franquicia de Los Ángeles Clippers de la NBA.

El cambio cultural y social instaura un nuevo criterio de juicio público de las conductas y declaraciones. Este desafío aumenta la necesidad de expresar la “sinfonía de la verdad” [1]. Desde un punto de vista cristiano significa, como expresa Benedicto XVI, que se ha perdido un “tejido cultural unitario” organizado sobre “los valores inspirados por la fe”. Así, las propuestas de valor son recibidas fuera de contexto, sin contexto o con contextos diferentes que propician interpretaciones incompletas, equívocas o desproporcionadas. Un enunciador católico que quiera realmente hacerle honor a su identidad deberá ser capaz de expresar la verdad de modo sinfónico, articulando los variados niveles y matices en su orden de relevancia, evitando que un valor secundario se absolutice o que por un modo de expresión inadecuado se perciba como un contra-valor. Dicho en términos musicales, que la segunda trompeta suene aislada, sin el marco de la orquesta; o tan fuerte que se imponga al primer violín: esa artificialidad puede ser de interés para el experto, pero para el oído general se convierte, probablemente, en un ruido desagradable por más que siga minuciosamente la partitura.

3) Problema de legitimidad

Por motivos históricos y sociales, en amplios sectores de la opinión pública se acepta una narrativa que asigna a los cristianos una actitud intolerante y potencialmente discriminadora. Esta nube oscura que flota sobre el catolicismo, quizá influencia de un racionalismo más extendido en Europa, forma parte del nuevo tejido cultural y es uno de los elementos del marco desde el cual se cuestiona a la Iglesia y a las instituciones de identidad cristiana. Este contexto genera una tensión latente en la conversación pública. El debate toca las raíces de nuestra sociedad y se expresa a partir de un prejuicio negativo: ¿promover los valores cristianos es, entonces, mejorar el mundo o es discriminar y hacer daño a los demás?, ¿los valores cristianos son compatibles con la sociedad plural y democrática del siglo XXI?

Si no se consigue comunicar la sinfonía de la verdad y la identidad cristiana queda reducida a una serie de postulados controvertidos, la validez de las preguntas antes mencionadas gana en aceptación y la bruma de la duda inunda el espacio público. El panorama puede, incluso, agravarse: como los valores compartidos de la comunidad se han alejado de algunos valores católicos, al pronunciarse sobre esos temas concretos aumenta la posibilidad de activar un “escándalo comunicativo”, es decir, un tipo de conflicto que cuestiona la legitimidad y pone en riesgo la supervivencia social del acusado. Como las instituciones educativas desarrollan su actividad, ordinariamente, en un sistema formal regulado –y, a veces, también financiado– por el Estado, se ven especialmente afectadas por estas tensiones contemporáneas.

La nueva situación presenta una redistribución de las legitimidades, nuevos consensos y nuevos disensos, que conforman el contexto comunicativo en el que se desenvuelven los centros educativos de ideario católico. Por esto, surge la necesidad de comprender una “serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad” (Benedicto XVI) y responder institucionalmente a estas preguntas profundizando en la identidad, para generar una cultura, unos proyectos, un discurso y unas relaciones sociales, que hagan vida la identidad al servicio de la comunidad, con sus nuevas preguntas, su nueva mentalidad y sus nuevas necesidades. Al haberse reducido el marco de valores compartidos, los esfuerzos de relación y autoexplicación han de ser mayores: el puente hacia el otro debe cubrir una brecha más pronunciada. Los enunciados, las acciones y los modos de relacionamiento necesitan manifestar de un modo más explícito que antes el propio marco de valores.

El papa Francisco ofrece una pista sobre cómo hacerlo cuando se refiere a la Iglesia y a la acción de los cristianos como “hospital de campaña”. En este nuevo contexto (de batalla) debe ofrecerse una nueva respuesta: primero atender lo urgente, lo primordial, y luego ir a lo demás, “sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que pueda aportar cuando la perfección no es posible” (Evangelii Gaudium).

En la etapa anterior, al existir un marco de interpretación común –lo que Benedicto XVI llama “tejido unitario”–, se reconocía como evidente el valor positivo de las enseñanzas cristianas y una declaración pública de valores podía interpretarse de manera directa. Si se decía A, se comprendía A.

Sin embargo, como el conocimiento social y las expectativas de la sociedad incluyen hoy prejuicios negativos sobre los enunciadores de identidad cristiana, estos pueden llegar a considerarse como potenciales agresores para la convivencia. La ausencia de un marco compartido pone en riesgo la adecuada recepción del mensaje, pues no se comprende el paradigma del enunciador.

4) Marco de interpretación y discurso público

El lingüista George Lakoff [2] ha explicado que la conversación pública funciona con marcos (frames) y metáforas, y que la propuesta central de un mensaje social es su marco. Cada tema particular y cada discusión concreta se desarrolla en un contexto que determina la posición general de los participantes respecto al tema y condiciona las posibilidades del diálogo. Por eso, es necesario preguntarse si al hablar de un asunto se posee un marco compartido, se acepta el del otro o se propone un marco propio.

El proceso de compartir en positivo los valores cristianos al servicio del bien común posee niveles en la propuesta. En primer lugar, hay un marco de valores generales (caridad, dignidad humana, diálogo, amor a la verdad y la libertad), y luego un conjunto de valores cristianos más concretos , de los cuales algunos están en plena sintonía con la sociedad actual y otros que se encuentran en tensión con la sensibilidad mayoritaria. Los que están en sintonía, muchas veces no son interpretados como “cristianos” porque su generalización ha convertido en valores que son percibidos como “de todos”; sin embargo, forman parte central de la propuesta del Evangelio (por ejemplo, el cuidado a la creación, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud, la justicia social o la promoción de la paz); estos valores potencian el ‘marco general’ compartido. En cambio, los ‘valores en tensión’ parecen o pueden ser recibidos muchas veces como en contradicción con el marco general.



También pueden reconocerse niveles en función de los destinatarios: en ciertos ambientes son más difíciles de entender los valores de la justicia social de la Iglesia; en otros, los relacionados con el cuidado de la vida por nacer; y, según algunas encuestas recientes, en amplios sectores no se comprenden las posturas de la Iglesia sobre el divorcio o sobre la contracepción.

De acuerdo con esta complejidad, una comunicación propositiva debería asumir que la expresión del ‘marco general de valores’ es su primer objetivo y que, solo cuando está asegurado este nivel, es adecuado pasar al siguiente. En una situación de comunicación positiva, como puede ser una charla de formación de padres y madres en un colegio o una audiencia del Papa, se asegura la comunicación del ‘marco general’ y que los ‘valores en tensión’ se interpreten desde ese ‘marco general’. En esta línea, el papa Francisco sugiere: “encontremos el modo de comunicar a Jesús, que corresponda a la situación en que nos hallemos”.

Reconocer este proceso, no quita que cuando se abordan temas controvertidos –en los que de alguna manera hay un juicio previo de sospecha hacia las posturas de la Iglesia–, expresarse con acierto resulte una tarea compleja, tanto por la dificultad de enunciación como por los riesgos en la recepción del mensaje: basta recordar la polémica mundial que se generó a partir de la interpretación errónea de los dichos de Benedicto XVI en Ratisbona sobre el Islam.

Más desafíos aún ofrece una situación de comunicación de entrevista periodística o abierta a las intervenciones de los participantes. En ciertas entrevistas o en otras situaciones comunicativas públicas, solo convendrá responder sobre el ‘marco general’, y eso constituirá ya un logro importante, pues cualificará positivamente la identidad del enunciador. “La comunicación consiste precisamente en hacer explícito lo implícito, a través de hechos y palabras”, señala Juan Manuel Mora. Y la identidad cristiana debería ser explicitada como sinfonía, no como elementos aislados: es decir, el primer objetivo del comunicador de una institución de ideario cristiano sería compartir el marco de enunciación.

El Proyecto Catholic Voices [3] desarrolló un método para facilitar el entendimiento: en primer lugar, se debe encontrar el valor compartido que subyace en la crítica –reconocen así dos niveles, el de la crítica, y el del valor desde el cual se critica–, y desde ese valor compartido construir el propio argumento.

A su vez, existe una relación entre el enunciador y el mensaje. En vistas de lo dicho, cada situación de comunicación incluye unos objetivos intrínsecos. Cuando la situación permite exhibir explícitamente el propio marco de interpretación (nivel 1), es posible ofrecer enunciados específicos ‘en tensión’ (nivel 2) con una razonable expectativa de que sean interpretados adecuadamente. Si bien alguna vez no se podrá evitar la tirantez con el ambiente porque en determinados casos no se encuentren valores de base compartidos, siempre es posible introducir elementos que faciliten una decodificación positiva, ofreciendo –con palabras y actitudes– un mensaje claro y honesto sobre la propia postura, y un marco de recíproco respeto.

“No importa lo que tú digas, sino lo que las personas oyen”, sostiene con insistencia Frank Luntz. Los procesos de comunicación mejoran cuando se basan en esta ley de la recepción y se sitúan en este paradigma: lo importante es qué queda en la mente y el corazón de los destinatarios. Frente a ciertos debates, la carencia de un marco apropiado, puede provocar que el mensaje sea percibido en sentido opuesto (la doctrina de la Iglesia sobre fecundación in vitro o sobre el matrimonio gay, por ejemplo, puede oírse como acto de discriminación). En cambio, el evento para celebrar el noviazgo en la Plaza de San Pedro el día de los enamorados, asegura el contexto positivo para proponer un amor que no se deje vencer por la cultura de lo provisional.

Diferentes situaciones de comunicación demandan diversos tipos de cualidades y capacitación para comunicar con acierto la ‘sinfonía de la verdad’: cuanto mayor sea el impacto público del debate en que se participa, más altas deberían ser serán las habilidades cognitivas y retóricas del portavoz.

En síntesis, al disponerse a la comunicación de un valor determinado, se trataría de partir de una adecuada definición de la situación de enunciación, de acertar en la elaboración y expresión del discurso público y de sustentarse en la legitimidad del enunciador.



5) El marco de valores como mensaje primordial

Como se ha dicho, comunicar la sinfonía de la verdad, en el nuevo escenario social lleva a concentrar los esfuerzos en compartir el marco general de valores. Las preguntas sobre el marco no son obvias o secundarias, sino que resultan fundamentales. Sin el marco amplio del ethos cristiano, la música que suena puede ser percibida como una parcialidad ideológica, aislamiento sectorial o falacia.

El marco es el puente que conecta con la cultura actual, es la materia prima para entrelazar un nuevo tejido cultural compartido: la caridad con todas las personas y ante todo, especialmente, con quienes atraviesan circunstancias de dificultad. Es la condición de credibilidad para que se pueda oír como un servicio lo que quiere proponerse sobre valores menos compartidos. Se respeta así el principio de gradualidad de los procesos sociales.

Muchos de los grandes gestos del papa Francisco, por ejemplo, están sirviendo para reconstruir el marco común y ofrecen la oportunidad de pasar del hospital de campaña al hospital comunitario, porque en la comunidad ya hay lazos compartidos, relaciones personales, en los que apoyar el diálogo sobre los temas controvertidos sin riesgo de ser malinterpretados: la música de fondo comunitaria permite enfocarse en algunos fragmentos o instrumentos, porque se escuchan en la armonía del todo.

Una vez que se ha expresado el propio marco, cabe conversar sobre otros valores y propuestas. Asegurado el puente, es posible atravesar el río. Por eso, la construcción del puente es objetivo ­primordial. Y el puente también se construye con los valores positivos compartidos e, incluso, cuando ciertos valores ‘en tensión’ son re-enmarcados pueden cambiar de estatus y pasar a formar parte del marco común, como cuando el Papa pide a la humanidad que luche por los derechos de los niños soldados, de los niños y niñas refugiados, de los que pasan sus días en la calle o son víctimas de la trata, y de los niños y niñas que están en riesgo en el vientre materno.

En este sentido, caben dos consideraciones finales. Esta ‘verdad sinfónica’ constituye una posición pública sostenible, un metamarco discursivo, que permite participar de la conversación aportando los valores propios a la vez que se construye la sociedad de todos. Por eso, cuanto más negativo se juzga un contexto –social, ideológico, temporal–, más importante es comunicar el ‘marco de valores’ y los ‘valores en sintonía’, porque así se podrá compartir también los ‘valores en tensión’, informados por la caridad y el espíritu dialógico de la sinfonía. Si tuviéramos que expresarlo en una fórmula, podría decirse que un coeficiente positivo de comunicación de identidad cristiana es igual a la comunicación del marco compartido, sobre el contexto, por el discurso y acción de valores ‘en sintonía’ menos el discurso y acción de ‘valores en tensión’.

Finalmente, la ‘sinfonía de la verdad’ se interpreta mejor si la orquesta se conforma de más músicos e instrumentos: aunque el solista sea grandioso, su soledad restringe las posibilidades expresivas de la melodía. Por eso, una conclusión natural es construir coros de voces, redes de participación y expresión. La riqueza del mensaje cristiano se expresa en la diversidad de matices, caras, historias, espiritualidades, perspectivas: sumar a otros y sumarse a otros, trabajar en equipo, ampliar el marco de exposición.

Comunicar es una acción humana [4] y como acción ritual edifica la comunidad. Una comunicación abierta, dialogante, respetuosa y sincera, construye comunidades abiertas, dialogantes, respetuosas y sinceras. Una comunicación agresiva, cerrada y distante, erige una comunidad cerrada y distante. Una comunicación impregnada de caridad funda una comunidad más cristiana.


Seis claves para comunicar valores

  1. Construir un marco común: a través de la acción, la comunicación, los proyectos y las relaciones, explicitar y comunicar el ideario institucional, la propia visión y misión, y transformarlo efectivamente en la cultura de la organización, de modo que impregne iniciativas, ideas, prácticas cotidianas, criterios de decisión y paradigmas de referencia.
  2. Promover el diálogo y las relaciones abiertas: el diálogo –garantía de convivencia en la sociedad plural– es la situación de comunicación que se basa en un acuerdo sobre el respeto mutuo. Así, el respeto –primacía de la caridad, autenticidad, solidaridad– se convierte en la música de fondo de la organización, no en los papeles, sino en la realidad de todos los días.
  3. Proponer las propias convicciones a partir de los valores comunes: basar la relación comunicativa en lo compartido implica un esfuerzo por profundizar en la propia identidad y descubrir las palabras adecuadas, que comienza con una escucha atenta y debe ser acompañado por la claridad y la relevancia del mensaje.
  4. Sumar a otros, sumarse a otros: las relaciones abiertas y amplias se desarrollan compartiendo proyectos e ilusiones, favoreciendo lazos de solidaridad y un rol comunitario proactivo.
  5. Colaborar en la solución de los problemas sociales del propio entorno: la identidad de una institución educativa de inspiración cristiana se expresa en su atención del entorno y su aporte en temas que reclaman soluciones colectivas, como la erradicación de la pobreza, la promoción del trabajo juvenil, la ecología, el combate de las formas de violencia entre adolescentes como el bullying, evitando una agenda estrecha y quizá autorreferencial.
  6. Potenciar la propia legitimidad enunciadora: la biografía personal y la posición social conforman la legitimidad de una voz pública. La coherencia entre comunicación y acción, así como la capacidad para empatizar y usar un tono abierto son elementos determinantes en la legitimación de los portavoces de valores. Cada público posee su escala de valores y podemos entender que las declaraciones sobre el aborto de la Madre Teresa de Calcuta, George W. Bush, Justin Bieber o Jack Nicholson sean recibidas de modo diferente, aunque sus enunciadores utilicen idénticas palabras.



[1] La expresión, tomada de Van Balthasar, ha sido utilizada por Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. “La unidad, lo mismo que la verdad, es sinfónica: el Concilio lo puso de relieve oportunamente” (Juan Pablo II, Angelus, 13-10-85). “La fe, como se ve en Pentecostés en donde los apóstoles hablan todos los idiomas, es sinfonía, es pluralidad en la unidad” (Ratzinger, Zenit, 30-11-02). “Sintámonos juntos cooperadores de la verdad, la cual –sabemos– es una y ‘sinfónica’, y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor” (Benedicto XVI, Homilía, 29-06-12). “Por recurrir a una imagen, podemos comparar el cosmos a un ‘libro’ –así decía Galileo Galilei– y considerarlo como la obra de un Autor que se expresa mediante la ‘sinfonía’ de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un ‘solo’, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este ‘solo’ es Jesús…” (Benedicto XVI, Verbum Dómini, 13). “La Iglesia nació católica, es decir, ‘sinfónica’ desde los orígenes, y no puede no ser católica, proyectada a la evangelización y al encuentro con todos” (Francisco, Audiencia 17-9-14).

[2] Cfr. George Lakoff, Moral Politics: how liberals and conservatives think, University of Chicago Press, 2002. No pienses en un elefante: lenguaje y debate político, Editorial Complutense, Madrid, 2007, 176 pp.

[3] Promovido por Jack Valero y Austen Ivereigh, con ocasión de la controversia despertada antes y durante la visita de Benedicto XVI al Reino Unido en 2010. Puede verse en www.catholicvoices.org.uk. También puede consultarse Juan Pablo Cannata, Los valores en el discurso público, Logos, Rosario, 2013, pp. 69 a 127.

[4] Cfr. Manuel Martín Algarra, Teoría de la comunicación: una propuesta, Tecnos, Madrid, 2003, 179 pp.